Descubriendo nuestra sombra

Sergio
10/02/2022

Todo niño nace con lo que podríamos llamar una personalidad de 360º, es decir, con una naturaleza tal que le lleva a manifestar sus emociones y deseos con plena autenticidad desde su centro en todas direcciones. Pasa sin ningún tipo de reparos de la alegría a la tristeza, del egoísmo al altruismo, de mostrarse valiente a cobarde, de gozar con la maldad a hacerlo con la bondad, del orgullo a la humildad, de tener grandes ansias de poder a mostrar una increíble capacidad de abnegación, de recrearse en la laboriosidad a abandonarse en la indolencia, de mostrarse simpático a comportarse antipáticamente. Pero los padres, que no pueden evitar tener expectativas, deseos, necesidades y sentimientos respecto de la conducta del niño, van a ir poniendo una serie de límites en uno de los polos de cada una de estas dimensiones, consiguiendo que el niño vaya poco a poco disminuyendo la intensidad con la que manifiesta su espontaneidad y autenticidad.

Por ejemplo, en la dimensión del egoísmo y el altruismo, posiblemente limitarán al niño en el polo del primero, el egoísmo, reforzando su comportamiento en el polo del segundo, el altruismo. “Luisito, no tienes que ser egoísta, tienes que dejar tu bicicleta a tus amiguitos”, le dirán. De esta forma, Luisito comenzará a muy temprana edad, como nos ha pasado a todos, a tratar de polarizarse en una sola de estas dos direcciones, a ser altruista y no egoísta, teniendo que desterrar a los confines de su psiquismo toda una serie de sentimientos y deseos indeseables para sus padres. En cierto sentido tendrá que traicionar esta primera y primaria naturaleza suya para no perder el afecto de estos.

La línea que divide lo que es aceptable y lo que no lo es, es distinta para cada persona, para cada familia y para cada cultura, pero la existencia de esta tendencia a sancionar determinadas formas de ser y de sentir, obligando así al niño a ocultar en una habitación oscura todos esos sentimientos indeseables, deseos inconfesables, fantasías vergonzosas, es igual para todo el mundo.

Esa habitación en la que hemos ido desterrando todo lo “indeseable” de nuestra personalidad, es una habitación que tiene restringido el acceso al director de nuestra personalidad consciente, a nuestro Yo. Dicho de otro modo, el contenido de esa habitación es inconsciente y el Yo no está en condiciones de asumir de forma directa su contenido. Fue el psicólogo suizo Carl Gustav Jung quien afirmó que esta habitación oscura, a la que él denominó “Sombra”, era un arquetipo de nuestra mente, es decir, una realidad que forma una estructura constituyente del psiquismo del ser humano.

Cuanta menos conciencia tenemos de la existencia y contenidos de nuestra sombra, más puede esta llegar a convertirse en una especie de segunda personalidad que acabe teniendo un poder muy grande sobre nuestra personalidad total, cual Sr. Hyde en la vida del Dr. Jekyll. De hecho, es el desconocimiento de este aspecto de nuestra realidad y su mala gestión lo que constituye la fuente principal de la que emanan la mayor parte de los conflictos humanos. Por ello se hace necesario que desarrollemos las habilidades pertinentes que nos permitan ser capaces de explorar, conocer y comprender nuestra propia sombra.

Pero la cuestión es, ¿cómo conocer nuestra sombra si estamos diciendo que es inconsciente? “¿Cómo puedes encontrar a un león cuando te ha devorado?”, preguntaba Jung. Pues existen varias formas, veamos tres de ellas.
La primera que señalamos consiste en solicitar feedback a los demás. Si aceptamos que nos resulta bastante fácil observar la sombra de los demás, es decir, que tenemos una cierta habilidad para detectar “la suciedad en casa del vecino”, una suciedad que nos sorprende que él no pueda ver, e incluso si se lo señalamos lo rechazará con vehemencia, podremos aceptar que los demás tienen la misma facilidad para observar la suciedad en la nuestra, esa que con tanto esmero tratamos de ocultar ante los ojos de nuestros vecinos. “El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión, para la ajena hace ganzúa de ladrón”, escribía Machado. Es decir, que de igual forma que yo le veo la espalda a todo el mundo pero ellos no se la pueden ver, yo tampoco veo la mía pero ellos me la pueden ver a la perfección. Por ello, saber cómo nos ven puede ser una de las formas más eficaces de tomar conciencia de nuestra sombra personal. Para ello son necesarios dos requisitos. El primero, estar abierto a la información que nos den sin levantar nuestras defensas psicológicas. El segundo, que la información que nos den sea hecha desde el respeto y el deseo genuino de ayudarnos, motivo por el cual es importante buscar las personas adecuadas, amigos, familiares, gente en la que confiemos.

La segunda forma podría ser examinar los «lapsus» verbales que cometemos. Todos en alguna ocasión habremos cometido un acto fallido o lapsus linguae. Son expresiones involuntarias que nos ponen en un aprieto, momento en el que solemos decir cosas tales como: “no sé cómo he podido decir tal cosa” o “es lo último que yo habría querido decir”. Si somos capaces de trascender la justificación y nos permitimos reconocer esa expresión como parte de nuestra sombra, podremos tener una fotografía bastante fiel de ella. En cierta ocasión un profesor, dirigiéndose a una hermosa alumna, en vez de decirle lo que era su intención, a saber: “respecto de tu aportación, yo te comentaría” le dijo: “respecto de tu aportación, yo te comería”, lo cual era sin duda una intención más coherente con su sentir profundo. ¡Así de burlona y cómica se muestra en ocasiones nuestra sombra!

En tercer y último lugar proponemos, como forma de poner luz sobre nuestra sombra, desvelar el contenido de nuestras proyecciones. Todos habremos visto en alguna ocasión en ciertos bares o discotecas cómo funciona una luz negra, esa que hace resaltar con intensidad el blanco de las zapatillas, las camisetas etc. Pues bien, de la misma forma que la luminosidad de esa luz negra no se la puede apreciar mirando directamente a su fuente, a la bombilla, sino a través de los efectos que produce en los objetos blancos sobre los que se proyecta, la esencia de la sombra tampoco es aprehensible directamente por nuestro Yo consciente mirando sobre nuestro interior, sino sólo a través de observar cómo la proyectamos sobre los demás, como resplandecemos en el otro.

Por eso, cuando nos encontramos con una persona, a lo mejor casi ni la hemos tratado, y experimentamos un desagrado profundo por algún aspecto de su ser, podemos estar seguros de que nuestra sombra está hablando. Lo que rechazamos en esa persona es lo que rechazamos en nosotros. Posiblemente Luisito, que de pequeño deseaba tener su bicicleta para él sólo, sin tener que compartirla con los demás, por lo menos no desde la imposición a la que lo sometían los papás, ahora de mayor se siente muy incomodo, tanto que incluso se sorprende, cuando por ejemplo en un autobús ve que un joven no se levanta para cederle su asiento a una señora mayor que viaja de pie. Aunque no lo sabe, Luis está mirando a ese joven desde los ojos de sus papás internos, esos que le decían que fuera solidario y compartiera su bicicleta. Y lo mira como si ese joven fuese Luisito aferrado a su bicicleta, a su asiento, a su egoísmo.

Hemos visto lo importante que es que podamos integran el contenido de nuestra sombra para evitar que el Sr. Hyde campe a sus anchas y dirija nuestra vida a su antojo. También hemos mostrado tres posibles formas de conocer nuestra propia sombra. Pero para tener éxito en esta empresa es fundamental no caer en el error de creer que lo que hay en la sombra es lo malo de nosotros y lo que existe en nuestro Yo consciente es lo bueno. Con esta premisa es difícil que nos permitamos reconocernos. Cuando así pensamos estamos utilizando un esquema de pensamiento infantil, simplista y rígido. No olvidemos que bajo el ropaje de los demonios en que se nos presenta la sombra podemos encontrar, si nos arriesgamos con respeto e interés genuino a conocer nuestra sombra, unos ángeles dispuestos a ayudarnos en el proceso de convertirnos en personas más completas e integradas.

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:

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