Sentirse realizado

Sergio
10/02/2022

Hace unos días acudí a la consulta del médico de cabecera para hacerme una analítica. No era más que un chequeo rutinario que sigo todos los años. Cuando entré la doctora estaba hablando por teléfono y, mientras esperaba, observé un cartel en la pared en el que aparecían unos dibujos con distintos alimentos: un pez, un pollo, una manzana, un pan, etc. Estaban agrupados y al lado de cada uno de esos grupos había escrito un nombre: proteínas, hidratos de carbono, grasas, vitaminas, etc. En la parte superior del cartel había escrita una frase tipo slogan, que decía algo así como: “Es mejor comer un poco de todo, que mucho de poco”.

Abraham Harold Maslow, eminente psicólogo estadounidense y uno de los máximos representantes de la psicología humanista, efectuó un importante estudio con personas que en sus vidas, de forma habitual, se sentían realizadas. Llegó a la conclusión de que todas ellas compartían una serie de características. De entre ellas, una de las más destacadas, era la manifestación de una tendencia que les llevaba en pos de alcanzar en sus vidas un desarrollo integral y equilibrado, es decir, eran personas que se cuidaban y buscaban crecer tanto física, como emocional, social, intelectual y espiritualmente. Junto a ese interés por conseguir un desarrollo personal holístico, aparecían otra serie de actitudes vitales que les permitían lograr ese sentimiento de realización personal. De entre ellas destacamos ahora cuatro:

Daniel Goleman habla de “punto ciego”, título de uno de sus libros, para referirse a esa parte de la realidad que no queremos ver con el fin de evitar el sufrimiento que nos genera. Un ejemplo. Tengo una paciente que lleva enamorada mucho tiempo de un compañero de trabajo y quiere evitar por todos los medios que lo sepa para no perder, según ella, “puntos” ante él. Le da miedo la posibilidad de que él lo sepa y la rechace. Así que no puede estar ni con él, ni si él. La solución que da esta mujer, la misma de la fábula de la zorra y las uvas, concluir que “las uvas están verdes”: “en el fondo me han dicho que no es muy buena persona…”. Las personas que se sientes realizadas, y este es la primera de las cuatro actitudes que señalaba, vivenciaban plenamente la vida y se entregaban sin reservas a la experiencia. Luchan honestamente por identificar sus defensas psicológicas y renunciar a ellas con el fin de lograr una personalidad más auténtica y transparente. Asumen riesgos emocionales y prefieren quitarse la venda de los ojos para ver la realidad tal cual se les presenta, “me pueden rechazar y eso forma parte de la vida”, que no enredarse en estrategias de defensa y autoengaño.

Como segunda actitud que encontramos en estas personas, según Maslow, es que asumen la vida como un proceso constante de toma de decisiones. Las personas autorrealizadas creen que el acto de elegir, el cual implica siempre una renuncia, pues elegir una cosa conlleva rechazar inevitablemente otra, es el mecanismo que la vida ha dado al hombre como forma de construir su destino. Son gente que, lejos de sentir miedo ante la responsabilidad que experimentan al enfrentarse a sus decisiones vitales, se sienten privilegiadas por poder asumir dicha responsabilidad. Creen que, de algún modo, las personas se convierten en aquello que eligen, que cada elección les va convirtiendo poco a poco en las personas que finalmente son. G. Eliot lo expresó muy bien cuando escribió que “nuestras acciones obran sobre nosotros tanto como nosotros obramos sobre ellas”, de ahí que experimenten la tensión que conlleva el acto mismo de elegir como un mal menor ante el gran beneficio que esto les reporta: poder convertirse en agentes activos en la construcción de su destino.

En tercer lugar señalamos el hecho de que la persona que se siente realizada mantiene una lucha y un esfuerzo constante por aprender a escuchar, actualizar y diferenciar su sí mismo de todas las voces introyectadas que le acompañan. “Solemos hacer las cosas por introyectos y no por proyectos”, me decía Eduardo de Grazia, un antiguo profesor mío. Me resulta muy triste cuando me encuentro en consulta a personas que me cuentan que llevan más de veinte años trabajando en una profesión que no es su auténtica pasión, sino sólo la profesión que tenían sus padres o la que estos deseaban para su hijo. La persona realizada vive más en contacto con lo que quiere y menos con lo que debe. Podríamos decir que no hace nada que no quiere y que quiere siempre todo lo que hace. Maneja el noble arte de transformar todo aquello que no forma parte de su deseo, pero que le es necesario para vivir, por ejemplo conducir una hora de coche todos los días para ir a trabajar, en algo que acepta incondicionalmente para su vida y ante lo que asiente con tranquilidad, sin sentirse conflictuado por ello. El escritor ruso Leon Tolstoi lo expreso en este hermoso pensamiento: “el secreto de la felicidad no consiste en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace”.
Señalamos un último aspecto constitutivo de la persona que se siente realizada y es que sabe de la importancia que las experiencias cumbres tienen en la vida y, por tanto, vive de forma que facilita la aparición de las mismas. Abraham Maslow definió como experiencia cumbre: “un estado de unidad con características místicas; una experiencia en la que el tiempo tiende a desvanecerse y el sentimiento que sobrecoge hace parecer que todas las necesidades se hallan colmadas”. Se trata de una serie de estados transpersonales caracterizados por la disolución de las fronteras del ego y la consiguiente sensación de sentirse uno con otras personas, con la naturaleza, con el universo, con Dios. Un hombre puede experimentarlo al contemplar extasiado un paisaje majestuoso, otro ante la belleza del Guernica de Picasso, otro ante un poema de Neruda, una canción de Serrat, o un amanecer a orillas del mar. Pero todos ellos, sabedores de la importancia que estas experiencias cumbre tienen en sus vidas, así como del hecho de que no pueden experimentarse a voluntad, sólo pueden abonar el terreno para que éstas afloren, mantienen como una de sus metas personales dedicar tiempo y energías para la búsqueda de escenarios que les ayuden a alcanzar estas experiencias cumbre con más facilidad.

Me pareció muy comprensible y adecuado que estuviera ese cartel en la pared, detrás de la doctora, donde todos los pacientes al verlo pudiéramos recordar que, si queremos tener una buena salud, necesitamos mantener una dieta equilibrada. Todos somos conscientes de ello y coincidimos en que no tendría sentido alimentarnos sólo con hidratos de carbono y descuidar, por ejemplo, las proteínas o las vitaminas. De lo que quizás no seamos tan conscientes es de que también necesitamos desarrollar, de forma armónica, integral y equilibrada, todas y cada una de las facetas que nos constituyen como personas, a saber, nuestro mundo físico, emocional, intelectual, social y espiritual, pues es más común de lo que pudiera parecer encontrar a personas, tal vez nosotros seamos una de ellas, con un nivel intelectual muy alto y, al mismo tiempo, con una torpeza emocional casi igual de elevada; con una gran dedicación al cuidado de su físico, alimentación, deporte, etc. pero que tienen descuidado por completo su vida intelectual; con un elevado interés por el mundo de lo espiritual, de lo trascendente, y que sin embargo tienen muchísimos problemas para llevar a cabo las tareas prácticas del día a día. A veces, cuando trato con algún paciente en mi consulta estas cuestiones acerca de la necesidad de desarrollarse integralmente como forma de sentirse realizado, hay algunos que parecen pensar que esa empresa puede resultar una pesada carga sobre sus espaldas. En esos momentos siempre me acuerdo de una frase de León Daudí.

Cada uno de nosotros es un todo unificado y cualquier carencia en un aspecto de nuestro ser afecta irremediablemente al resto. Por ello es fundamental que aprendamos a cuidarnos y desarrollarnos de forma holística. Y hacerlo todo ello, además, como nos ayuda a comprender los estudios de Maslow, viviendo plenamente la vida, entregándonos sin miedo a la experiencia, al sentir, asumiendo que vivir es elegir y que, lejos de ser un problema, es una bendición, es la oportunidad que la vida nos da para participar en nuestro destino, un destino que será más auténtico en la medida que escuchemos y descubramos nuestro sí mismo más auténtico, más allá de los deberías sociales, un sí mismo que necesita generar las condiciones adecuadas para poder experimentar esos momentos cumbre de comunión con lo sublime. Estas son las condiciones que nos permitirán alcanzar con mayor plenitud y profundidad una de las experiencias humanas más hermosas: el sentimiento de realización personal.

La capacidad para comunicar es innata en el ser humano, pero la calidad de esta comunicación y su repercusión en las relaciones personales puede incrementarse notablemente con el conocimiento y aplicación de ciertos principios básicos, convirtiéndose de esta forma la comunicación en todo un arte que debemos y podemos aspirar a dominar. Por ejemplo una de las quejas que suelen manifestar los padres es como consecuencia de, según ellos, la falta de comunicación de sus hijos, aduciendo que cuando les preguntan por sus estudios o cualquier otro tema similar, les responden con monosílabos o con comentarios evasivos. Una de las primeras reglas de la comunicación dice que “no existe la no comunicación”, es decir, el silencio del hijo ante la pregunta de sus padres es una respuesta que puede significar tal vez “no quiero hablar del tema” o “tengo miedo a hablar acerca de esto”, etc. Una alternativa puede ser cambiar la pregunta. Si un padre pregunta por las notas y el hijo la esquiva, la siguiente intervención no debería ir dirigida de nuevo a insistir en los estudios, sino a explorar el porqué de su silencio. Un comentario del tipo “tengo la sensación de que te sientes molesto con mi pregunta” tal vez puede abrir la conversación y la relación permitiéndoles salir del impasse.

Así pues, la psicología de la comunicación nos aporta una información valiosa cuya aplicación nos puede ser de utilidad para favorecer la creación de relaciones familiares más ricas y saludables.

Profundicemos pues, en algunos de estos aspectos que nos pueden conducir a conseguir nuestro objetivo. Empezaré y me centraré en lo que comúnmente llamamos en psicología escucha activa.“Tienes dos orejas y una sola boca, por tanto, escucha el doble de lo que hablas”. Prv. Judio.B. Gracián decía que “el más poderoso hechizo para ser amado es amar”, quizás parafraseándolo podríamos decir que “el más poderoso hechizo para ser escuchado es escuchar”. La mayor herramienta de que disponemos para que nuestros hijos se abran y se comuniquen espontáneamente es escucharlos activamente y con empatía. Pero, qué significa esto. Escuchar activamente a nuestros hijos es algo distinto a oírlos. Podemos oír y no escuchar. La audición es un proceso puramente fisiológico, bastan dos oídos para ello. La escucha activa es mucho más, es otra cosa, es un aspecto actitudinal, una predisposición para comprender con la mayor profundidad posible qué es lo que nuestro hijo está queriendo comunicarnos. Es una muestra de interés sincero por entenderlo. Supone aceptar incondicionalmente sus mensajes, entendiendo que lo que trata de decirnos es importante para él, aunque no lo sea para nosotros. No es necesario estar de acuerdo con lo que esta diciendo para poder escucharlo activamente, aunque sería importante que no, olvidásemos que “hasta los relojes parados tienen razón dos veces al día”. 

Normalmente, la mayor parte de las veces, cuando estamos escuchando a nuestros hijos, internamente estamos preparando una contra argumentación, elaborando nuestra opinión respecto de las ideas y necesidades que está expresando en ese momento. Es como una lucha de poder acerca de quién de los dos tiene razón. Escuchar a nuestros hijos supone estar más interesado por comprenderlos a ellos, en advertir qué nos quieren decir, que en decirles lo que queremos que comprendan. Es mucho más saludable para el desarrollo de nuestros hijos el sentimiento que experimentan al sentirse comprendidos y escuchados, que la información que puedan recibir acerca de nuestros consejos, opiniones, mandatos, ordenes, etc. Escuchar activamente es también prestar mayor atención a la parte emocional del mensaje que a la lógica. Recuerdan los versos del poeta A. Machado cuando decía que “en los labios niños las canciones llevan, confusa la historia, pero clara la pena”, creo que es una forma hermosa de expresar esta idea. De igual forma que con los niños pequeños tendemos a abrazarlos cuando entre sollozos tratan de explicarnos que se han hecho “pupa” al caer al suelo, y no esperamos a entender sus palabras para socorrerlos, deberíamos conectar y empatizar primeramente con el estado emocional del joven antes que discutir acerca de lo acertado o no de su argumentación. Es importante que aprendamos a descubrir el sentimiento fundamental que experimenta mientras nos habla y hacerle saber que estamos interesados en éstos sus sentimientos.

En definitiva, lo que estamos tratando de hacer es atender más la relación que el contenido, estar más ocupados de que la relación afectiva no se enfríe, que en el asunto concreto que se esté tratando. Se trata de “no vender el coche para comprar gasolina” es decir, si nuestro interés cuando hablamos con nuestro hijo respecto de sus malas notas es mostrar nuestra preocupación por el bienestar de su futuro, y para ello estamos creando una relación tensa y distante que le lleva a alejarse de nosotros, no estamos avanzando gran cosa. Si no conseguimos crear un clima relacional que permita contar con su receptividad, nuestra orientación como padres no podremos desarrollarla adecuadamente. Y es que en ocasiones los padres confundimos el diálogo con el monólogo y la comunicación con la enseñanza. Es importante tener en cuenta, como decía G. Sand, que “el intelecto busca, pero quien encuentra es el corazón”. Recuerde que si consigue desarrollar esta actitud de escucha activa y empática, está sirviendo como modelo para el establecimiento de un aprendizaje observacional por parte de su hijo, y de todos es sabido que los niños aprenden mejor copiando lo que ven hacer a sus padres que lo que oyen que éstos le dicen.

“Es curioso observar que la vida, cuanto más vacía, más pesa”.

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